
Es domingo en estas calles y la sombra me cobija por la izquierda. Es ahí donde la marisma de ideas empieza a maquilar otra historia; pero siento que ya la escribí. Se trata de una pareja con profundas heridas tratando de aniquilar de modo inapelable y, para siempre, al otro. ¿Y qué más? ¿Nada? Qué original.
El tema del canibalismo y sus retornos continuos me hace tirar todo al olvido. Comienzo a preguntarme:
- ¿Cuándo pasará un colectivo?
Mi respuesta llega minutos después, distingo en lontananza al vehículo acercarse lentamente. Una chica aparece detrás de un almendro y pide la parada; observo su filoso cuerpo de quinceañera y el titubeo al subir o no al minibús.
Un joven que ha llegado a la otra esquina le grita:
- ¡Si te vas, te va a ir peor!
Camino presuroso hacía la combi para no perder ni un detalle y alcanzo a escuchar a la quinceañera:
- Siempre no, gracias.
Me cruzo en su camino e intento capturar algún aroma: huele como a Pachulí. Me he subido al colectivo por la parte de adelante.
El joven la mira con intensidad desde la otra orilla. Ella se ha quedado inmóvil y la combi desfila en el espacio que han dejado en la calle desierta.
Los observo con morboso interés: primero a ella, después a él, ahora a ella; los dos siguen en sus esquinas y así los dejamos mientras el colectivo dobla y se pierden.
Al pagarle al chofer nos miramos el uno al otro, reímos.
- Le van a dar una madriza, ¡la pobre güera! - Dice el chofer y su voz es gruesa, implacable.
- ¿Usted creé?
- ¡Seguro! Ese chavo la trata de la chingada, ella trabajaba con el papá en la carnicería.
- ¡Ah! Una carnicería.
- Sí, del papá; pero te digo que ella andaba urgida, con decirte que
a un cuate le dijo que si quería se iba con él; pero el muy pendejo se puso a tomar el día de la huida y que se le va olvidando la güerita.
Las risas estallan en nuestras gargantas y en la primera parada suben unas señoras con morral en mano; ellas deben pensar que el chofer y yo somos viejos amigos.
- Tu cuate se perdió la aventura de su vida – continúo la conversación.
- ¿Verdad? Y eso era de llegar y vámonos, de balazo. Lo que hizo el
que le gritó ahora, pero éste es un cabrón, le pega, la trata mal... Lo que pasa ahora es que el chavo se aburrió, ya obtuvo lo que quería, – el chofer mira por el retrovisor a las señoras que están al fondo –.
- Se le va a ir.
- Se le va ir ¿Verdad? – La sonrisa del chofer es más reveladora cuando pregunta, sabe que eso es muy probable.
- No va faltar otro que venga a ofrecer sueños y estrellas de otro color.
El chofer me observa por el retrovisor y parece no comprender mi último comentario; fruncimos los ceños.
En la próxima parada nadie sube, nadie baja.
Olvidando al chofer, estas historias que salen a tomar el sol me persiguen, por más que intente escaparme siempre están aquí. Y no escribir otra vez sobre una relación tormentosa me molesta ¿Y si les edifico una muralla feliz? ¿Y si los mato de nuevo? Qué original.
- Selevair – murmura el chofer.
Una de las mujeres pide la parada pero las dos se apean. Hemos llegado al mercado y el bullicio de un domingo está a la orden con La Cumbia de la Serpiente y un merolico anuncia el último descubrimiento en Las Islas Canarias: Fosfobitacal, un elixir casi mágico.
Me despido de mi amigo el chofer y le deseo suerte. Estoy consiente de que mi destino no era el mercado pero también me percato que estoy persiguiendo a las sumisas mujeres de morrales multicolor.
Se me ha ocurrido una especie de lesbiario y ellas son perfectas, discretas, la primera pareja de una serie de diez. Son dos solteronas que viven juntas y tienen un pasado que desean olvidar; ambas sufrieron con hombres posesivos y escaparon de los abusos y golpes; se encontraron por vez primera en una lonchería de la frontera buscando a un pollero que dicen, desayunaba habitualmente en ese lugar. Todo eso lo contaran ellas en la cama, desnudas, a sus cincuenta y cinco años; ya viven de nuevo en su México de mil máscaras y mojados acaudalados. ¿Cómo empezaría? Pues ahora las veo: están comprando legumbres: epazote, cilantro y perejil; quizá tengan una comida de aniversario...