lunes, 24 de noviembre de 2008
Sombra de mi bien esquivo
12 de noviembre, un aniversario más de Sor Juana Inés de la Cruz; el número 357 (hay quienes dicen que es el 360). En fin, para no olvidar a la mujer y al personaje más importante de la historia de la literatura en lengua castellana, como afirmó cada vez que podía, Octavio Paz, dejo aquí este video donde el mestizaje musical de Jaramar Soto, gran cantante mexicana - aparece al final del video -, que en su incesante búsqueda personal de expresión llega a uno de los más bellos poemas de la Décima Musa, "Una fantasía contenta con amor decente".
Lourdes Aguilar Salas en el aniversario de la poeta dijo: “Sor Juana contempla la música de distintas maneras: como cuerpo de mujer que puede ser tocado; como instrumento de belleza armónico en el universo, y como una dulce deidad del viento”.
Así pues dejo video y poema de esa gran mujer de bello rostro que sale en nuestros billetes, esa dulce deidad del viento, Sor Juana Inés de la Cruz.
UNA FANTASÍA CONTENTA
CON AMOR DECENTE
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero,
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?
Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho
que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.
viernes, 21 de noviembre de 2008
SÉ TODOS LOS CUENTOS

Con la novedad de que estoy en época de sequía, siempre sucede a final de año, la pluma – o el teclado – me abandona o abandono. Tiempo de sequías, pero como decía Sabines: “ya vendrán los aguaceros”.
Por mientras el lector no descansa. Así que les dejo este poema de Felipe Camino Galicia de la Rosa, conocido como León Felipe. Este importante poeta de la generación del 27 tiene poemas más hermosos pero resulta que éste es el que a mi me gusta. Poeta y bohemio español que murió en México semanas antes de la masacre en la Plaza de las tres culturas. Hizo bien en irse, supongo que él ya sabía lo que iba a pasar, ya se sabía el cuento.
Por mientras el lector no descansa. Así que les dejo este poema de Felipe Camino Galicia de la Rosa, conocido como León Felipe. Este importante poeta de la generación del 27 tiene poemas más hermosos pero resulta que éste es el que a mi me gusta. Poeta y bohemio español que murió en México semanas antes de la masacre en la Plaza de las tres culturas. Hizo bien en irse, supongo que él ya sabía lo que iba a pasar, ya se sabía el cuento.
SÉ TODOS LOS CUENTOS
Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan
con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.
León Felipe
domingo, 2 de noviembre de 2008
Ronda de noche

Entra la ráfaga de aire frío por el tragaluz. Irrumpe en mi cuerpo a gran velocidad el alma de la Niña Blanca. Llega y se queda. La modorra hace tratar a uno de abrir los ojos, mas los párpados cansados no se dejan levantar, unos párpados obscenos de fatigados. Mientras duermo sueño en colores sombríos. Vuelo en una nube sanguina; pienso también: “si la flaca ha elegido este cuerpo como hotel de carretera, pues que ahí se quede.”
En el transcurso de la madrugada la brisa trasnochadora recorre mi espinazo, siento el filo de la lengua de la Catrina rozándome el cuello. En lugar de asustarme me arrulla como si fuera una madre enternecida.
Inicia el baile de los huesos, ella danza pausadamente con su vestido de tinieblas. Trémulo mas cómodo en sus brazos. Si bailo con ella de ningún modo estoy vencido, es sólo la muerte tratando de darme muerte. Yo no sé bailar pero ningún sentido tiene discutir con la señora dueña de la noche... ¡Y a esa edad!
Es vieja, si, pero su glacial aliento inunda mi sangre, cala los huesos; va recorriendo milímetro a milímetro las tripas, la siento subir al esófago y al ir subiendo por la traquea deja un cosquilleo familiar; como si hubiese chupado una pastilla de menta. De repente tengo la sensación de la boca saneada, astringente; me siento “besable” a horas en que ni las estrellas del sueño se asoman, tan sólo la tenue luz de una luna trasnochadora alumbra a un mosquito, que, al recorte de las sombras, adquiere una dimensión fantasmagórica; como el de una horrenda criatura sin mas afán que alimentarse sobre esta piel dormida pero infinitamente sensible. Mi epidermis se vence ante el aguijón del insecto, escucho cómo succiona la sangre, despide vapores y resbala por su invertebrado cuerpo. Pude haberlo sacudido, dar un manotazo, pero es mayor la pesadez y el macabro deseo de imaginarlo desplomado sobre sus alas, muriendo poco a poco, intentando inútilmente disfrutar mi sangre y esta, a su vez, “amorcillándose” en su interior; coagulando lentamente, hasta que lo único que mueva al díptero sea el aire que arrastre su cadáver por el suelo. Cambio de posición tantas veces como la muerte da vueltas con la luna desquebrajada. Ella baila sola y se desliza por mis oquedades. Siento fría la lengua, entumida y gorda, como anestesiada. Los dientes se cristalizan; toda la boca es una caverna helada y oscura.
Mi derredor se expande mecido al vaivén de una oscura revelación, un arrullo de notas hechas de esquirlas que se clavan en mi espalda.
Observo en el sueño a mi cuerpo abotagado, hinchado y deshidratado. Se mira mediocre, sucio, hastiado, sin otro aliciente más que el de ir corrompiéndose segundo a segundo. Es el ensayo de la Niña blanca, ocho horas. Al parecer, la consigna es seguir degenerándose hasta la última y arrinconada célula. Me levantan aquellos pensamientos, suave caricia. Abro la boca y bostezo, instante que aprovecha para salir huyendo, sabe que no hay más por hacer. No puede abrazarme como ella quiere; no esta noche. Huye y me deja con mi propia penitencia, huye a sabiendas de lo muerto que estoy en vida.
En el transcurso de la madrugada la brisa trasnochadora recorre mi espinazo, siento el filo de la lengua de la Catrina rozándome el cuello. En lugar de asustarme me arrulla como si fuera una madre enternecida.
Inicia el baile de los huesos, ella danza pausadamente con su vestido de tinieblas. Trémulo mas cómodo en sus brazos. Si bailo con ella de ningún modo estoy vencido, es sólo la muerte tratando de darme muerte. Yo no sé bailar pero ningún sentido tiene discutir con la señora dueña de la noche... ¡Y a esa edad!
Es vieja, si, pero su glacial aliento inunda mi sangre, cala los huesos; va recorriendo milímetro a milímetro las tripas, la siento subir al esófago y al ir subiendo por la traquea deja un cosquilleo familiar; como si hubiese chupado una pastilla de menta. De repente tengo la sensación de la boca saneada, astringente; me siento “besable” a horas en que ni las estrellas del sueño se asoman, tan sólo la tenue luz de una luna trasnochadora alumbra a un mosquito, que, al recorte de las sombras, adquiere una dimensión fantasmagórica; como el de una horrenda criatura sin mas afán que alimentarse sobre esta piel dormida pero infinitamente sensible. Mi epidermis se vence ante el aguijón del insecto, escucho cómo succiona la sangre, despide vapores y resbala por su invertebrado cuerpo. Pude haberlo sacudido, dar un manotazo, pero es mayor la pesadez y el macabro deseo de imaginarlo desplomado sobre sus alas, muriendo poco a poco, intentando inútilmente disfrutar mi sangre y esta, a su vez, “amorcillándose” en su interior; coagulando lentamente, hasta que lo único que mueva al díptero sea el aire que arrastre su cadáver por el suelo. Cambio de posición tantas veces como la muerte da vueltas con la luna desquebrajada. Ella baila sola y se desliza por mis oquedades. Siento fría la lengua, entumida y gorda, como anestesiada. Los dientes se cristalizan; toda la boca es una caverna helada y oscura.
Mi derredor se expande mecido al vaivén de una oscura revelación, un arrullo de notas hechas de esquirlas que se clavan en mi espalda.
Observo en el sueño a mi cuerpo abotagado, hinchado y deshidratado. Se mira mediocre, sucio, hastiado, sin otro aliciente más que el de ir corrompiéndose segundo a segundo. Es el ensayo de la Niña blanca, ocho horas. Al parecer, la consigna es seguir degenerándose hasta la última y arrinconada célula. Me levantan aquellos pensamientos, suave caricia. Abro la boca y bostezo, instante que aprovecha para salir huyendo, sabe que no hay más por hacer. No puede abrazarme como ella quiere; no esta noche. Huye y me deja con mi propia penitencia, huye a sabiendas de lo muerto que estoy en vida.
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