
Es tierra de vacantes, situación en blanco. Una hormiga perdida pasa por la hoja. Es la mesa, la silla. Es la mano con que presionas el bolígrafo. Son los ojos dilatados. Hoja de nadie, tierra de todos. Es la ventana a donde se dirigen los ojos. El viento es un aliento lejano de alguien que ha contado una historia parecida a otra muy distante de oídos. La tarde y el calor. Festejo por la puesta de sol. Tarde de columpios retostados. Una gota de sudor resbala por la hoja. Hormiga mojada.
Un libro de Becerra, cenicero, cigarros sin filtros, cenizas sobre la mesa. Un cuerpo árido tratando de entregarse a la hoja. Es la mesa y la silla soportando los sudores de un hombre desnudo ante lápiz y papel.
Una pared. Una Ventana. La ratonera. Es el cubo de las desesperaciones. Es la mesa en el centro y sobre ella El Otoño Recorre las Islas.
Se hace la vida afuera. Sueños de caminantes, tumulto de embarcaciones que se observan en el horizonte nublado. Archivos de imágenes guardadas con celo en los teléfonos móviles y en las computadoras personales. Nostalgia del sol por las aceras que comienzan a entibiarse.
Voces tocan a la puerta. Un silencio y un miedo a ser descubierto. Días sin el ardiente tatuado en la cara. Los pasos allá afuera iluminan las calles. No es noche para la luna, es noche para los pasos.
De madrugada tampoco salen las palabras, hormigas que nunca se han vencido por salir del hormiguero antes que las demás. Mas la hoja en blanco reclama, no la haz picado con hormigas, mojaste a una con soledad pero no cuenta.
El piso blanco. Equipo de sonido. Discos regados. Clapton, King, Pecanins, Real de Catorce. Tentado ha olvidar todo y escuchar blues para aullar un poco a falta de hormigas. Eres tan fuerte como los solos de una guitarra blusera.
Es la espera, ante todo es eso, la espera. Vigilia e insomnio. No entiendes el por qué de la tardanza. De pronto es el alba. El surco del caminante. De un lado hacia el otro. No encuentra sitio. Es ante todo la duda que asalta y no dejará dormir hasta calmar la molestia.
Sigue el cuerpo desnudo ante la hoja. Madrugada seria. Espejo empañado. Catre de madera, sábanas vacías. Empiezan los primeros síntomas con la picazón en todo el cuerpo. Te olvidas del blues y sientes el bolígrafo en tu mano, la hoja llamándote. Todo el cuerpo es un hervidero de ronchas. Las ronchas mutan en hormigas, brotan del cuerpo y el enjambre se dirige a tu izquierda mano, la que escribe y sostiene la pluma. Es así, te abandonan. Hormigas pasan por tus ojos, por tu boca, bajan por los oídos y suben por las pantorrillas. Se riegan en la hoja en blanco y sabes de su fama de organizadas, se acomodan en sus respectivos lugares.
Hormigas donde se extrañaron las palabras. Palabras recargadas de hormigas negras. El lienzo blanco es el hormiguero perfecto para decir aquí estoy y no me he ido. La mano izquierda es un panal bien organizado de hormigas presurosas. Todas se han apelmazado en el brazo, haciendo largas filas. El tráfico imaginero en tu mano zurda. Viéndolo a cierta distancia parece que tienes un tatuaje hindú en la mano siniestra. Hindi han.
La velocidad con que liberas al enjambre hacia un destino blanco es curiosa, no sabes si agitas la mano para sacudir a las hormigas o al bolígrafo. Entre tanta gestación por fin escribes: Es tierra de vacantes, situación en blanco. Una hormiga perdida pasa por la hoja…
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