
Entra la ráfaga de aire frío por el tragaluz. Irrumpe en mi cuerpo a gran velocidad el alma de la Niña Blanca. Llega y se queda. La modorra hace tratar a uno de abrir los ojos, mas los párpados cansados no se dejan levantar, unos párpados obscenos de fatigados. Mientras duermo sueño en colores sombríos. Vuelo en una nube sanguina; pienso también: “si la flaca ha elegido este cuerpo como hotel de carretera, pues que ahí se quede.”
En el transcurso de la madrugada la brisa trasnochadora recorre mi espinazo, siento el filo de la lengua de la Catrina rozándome el cuello. En lugar de asustarme me arrulla como si fuera una madre enternecida.
Inicia el baile de los huesos, ella danza pausadamente con su vestido de tinieblas. Trémulo mas cómodo en sus brazos. Si bailo con ella de ningún modo estoy vencido, es sólo la muerte tratando de darme muerte. Yo no sé bailar pero ningún sentido tiene discutir con la señora dueña de la noche... ¡Y a esa edad!
Es vieja, si, pero su glacial aliento inunda mi sangre, cala los huesos; va recorriendo milímetro a milímetro las tripas, la siento subir al esófago y al ir subiendo por la traquea deja un cosquilleo familiar; como si hubiese chupado una pastilla de menta. De repente tengo la sensación de la boca saneada, astringente; me siento “besable” a horas en que ni las estrellas del sueño se asoman, tan sólo la tenue luz de una luna trasnochadora alumbra a un mosquito, que, al recorte de las sombras, adquiere una dimensión fantasmagórica; como el de una horrenda criatura sin mas afán que alimentarse sobre esta piel dormida pero infinitamente sensible. Mi epidermis se vence ante el aguijón del insecto, escucho cómo succiona la sangre, despide vapores y resbala por su invertebrado cuerpo. Pude haberlo sacudido, dar un manotazo, pero es mayor la pesadez y el macabro deseo de imaginarlo desplomado sobre sus alas, muriendo poco a poco, intentando inútilmente disfrutar mi sangre y esta, a su vez, “amorcillándose” en su interior; coagulando lentamente, hasta que lo único que mueva al díptero sea el aire que arrastre su cadáver por el suelo. Cambio de posición tantas veces como la muerte da vueltas con la luna desquebrajada. Ella baila sola y se desliza por mis oquedades. Siento fría la lengua, entumida y gorda, como anestesiada. Los dientes se cristalizan; toda la boca es una caverna helada y oscura.
Mi derredor se expande mecido al vaivén de una oscura revelación, un arrullo de notas hechas de esquirlas que se clavan en mi espalda.
Observo en el sueño a mi cuerpo abotagado, hinchado y deshidratado. Se mira mediocre, sucio, hastiado, sin otro aliciente más que el de ir corrompiéndose segundo a segundo. Es el ensayo de la Niña blanca, ocho horas. Al parecer, la consigna es seguir degenerándose hasta la última y arrinconada célula. Me levantan aquellos pensamientos, suave caricia. Abro la boca y bostezo, instante que aprovecha para salir huyendo, sabe que no hay más por hacer. No puede abrazarme como ella quiere; no esta noche. Huye y me deja con mi propia penitencia, huye a sabiendas de lo muerto que estoy en vida.
En el transcurso de la madrugada la brisa trasnochadora recorre mi espinazo, siento el filo de la lengua de la Catrina rozándome el cuello. En lugar de asustarme me arrulla como si fuera una madre enternecida.
Inicia el baile de los huesos, ella danza pausadamente con su vestido de tinieblas. Trémulo mas cómodo en sus brazos. Si bailo con ella de ningún modo estoy vencido, es sólo la muerte tratando de darme muerte. Yo no sé bailar pero ningún sentido tiene discutir con la señora dueña de la noche... ¡Y a esa edad!
Es vieja, si, pero su glacial aliento inunda mi sangre, cala los huesos; va recorriendo milímetro a milímetro las tripas, la siento subir al esófago y al ir subiendo por la traquea deja un cosquilleo familiar; como si hubiese chupado una pastilla de menta. De repente tengo la sensación de la boca saneada, astringente; me siento “besable” a horas en que ni las estrellas del sueño se asoman, tan sólo la tenue luz de una luna trasnochadora alumbra a un mosquito, que, al recorte de las sombras, adquiere una dimensión fantasmagórica; como el de una horrenda criatura sin mas afán que alimentarse sobre esta piel dormida pero infinitamente sensible. Mi epidermis se vence ante el aguijón del insecto, escucho cómo succiona la sangre, despide vapores y resbala por su invertebrado cuerpo. Pude haberlo sacudido, dar un manotazo, pero es mayor la pesadez y el macabro deseo de imaginarlo desplomado sobre sus alas, muriendo poco a poco, intentando inútilmente disfrutar mi sangre y esta, a su vez, “amorcillándose” en su interior; coagulando lentamente, hasta que lo único que mueva al díptero sea el aire que arrastre su cadáver por el suelo. Cambio de posición tantas veces como la muerte da vueltas con la luna desquebrajada. Ella baila sola y se desliza por mis oquedades. Siento fría la lengua, entumida y gorda, como anestesiada. Los dientes se cristalizan; toda la boca es una caverna helada y oscura.
Mi derredor se expande mecido al vaivén de una oscura revelación, un arrullo de notas hechas de esquirlas que se clavan en mi espalda.
Observo en el sueño a mi cuerpo abotagado, hinchado y deshidratado. Se mira mediocre, sucio, hastiado, sin otro aliciente más que el de ir corrompiéndose segundo a segundo. Es el ensayo de la Niña blanca, ocho horas. Al parecer, la consigna es seguir degenerándose hasta la última y arrinconada célula. Me levantan aquellos pensamientos, suave caricia. Abro la boca y bostezo, instante que aprovecha para salir huyendo, sabe que no hay más por hacer. No puede abrazarme como ella quiere; no esta noche. Huye y me deja con mi propia penitencia, huye a sabiendas de lo muerto que estoy en vida.
2 comentarios:
uuuuy, ese final asusta más que la muerte.
un abrazo
cuál pegue? xD
Más bien, es ociosidad jajajaja
un saludo desde Puebla y ahí luego pasas tu msn xD
Granda
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