
Pedro Luis
Juan Pérez fue un tipo quejumbroso hasta el último click. Era tal su elocuencia para hablar de la injusticias que le había jugado la vida que ningún otrora desgraciado en la web le hacia sombra.
Él no lo sabía pero hiperexpresivo era el título que estudiosos y sabedores del tema colocaron a su extraña enfermedad. Juan Pérez hablaba de sí mismo en cuatro consultorios de psicoanalistas a la semana. Agotó a todos y todavía pedía más.
Luego descubrió en la Internet el mundo de los blogs. Cuando inauguró su espacio al que llamó “La Perfecta Nada”, al pegar su primer hiper texto, sintió en la sangre corrientes eléctricas que nunca antes había experimentado. El poder decir algo, escribir algo sin preocuparse de faltas ortográficas, del juicio de correctores de estilo o algún encorbatado de la academia y compartirlo como es, desnudo y gramaticalmente desesperado a miles de almas navegantes por la red, quizás, tan solitarias como él, era la emancipación de algunas de sus más importantes emociones. Una nueva era del monólogo interior se regodeaba entre lo digital y lo virtual, entre confusiones modernas de principios de siglo.
Empezó el discurso interno/público quejándose de su nombre, tan común y corriente. Se lamentó nacer en un lugar donde la gente bautizaba a sus hijos con nombres tan originales como Herculano, Telésforo o Cabalgata Deportiva Zambrano y precisamente a él, en tierra de nombres raros, lo hayan bautizado con la gracia de Juan Pérez.
Al principio pegaba un hipertexto nuevo cada semana, luego cada tres días, hasta que todas las noches, después del suplicio del trabajo, llegaba a casa a descargar sus frustraciones en su Perfecta Nada.
Hubo varios visitantes que le dejaron comentarios. Algunos le daban una cucharadita de caldo de pollo para el alma, otros de plano se burlaron de su forma derrotista de ver todo y otros le dijeron sin retórica y sin faltas ortográficas: “Eres un idiota”.
Se podría decir que nadie iba a extrañar el blog de Juan Pérez.
Y cuando todo en el mundo de los blogs iba en perfecta navegalia, Juan Pérez dejó de postear y de compartir sus tormentos con los conectados. El silencio fue el puñal y el corazón.
Nadie supo en qué nueva trinchera o nuevo espacio para descargas de almas fue a refugiarse Juan. Muchos de sus lectores le escribieron para saber si iba a seguir quejándose desde su Perfecta Nada. Nunca respondió. Muchos tuvieron la sospecha de que Juan había pasado a mejor vida; sólo así imaginaron en poder parar la verborrea interna de alguien tan necesitado de lectores y atención como Juan Pérez.
Ahora anda por la super carretera de la información un correo masivo con una nota preliminar de los más asiduos lectores de Juan. Todos en una completa narrativa de ficción, idealizan al pobre diablo que escribía tan mal sobre su vida. Al final del comentario dejan varios links, algunos blogs-tributo a esa alma perdida. Muchos lectores de Juan Pérez copiaron la mayoría de sus textos y los reunieron en un espacio que se envía a en correos masivos a los más infortunados usuarios de la red. El nombre del correo (por si alguna vez llega a tu bandeja de entrada) se titula: “Ni la nada es perfecta, ni es un mal y tampoco dura cien años”.
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