
Cruzo el Eje Central Lázaro Cárdenas y la zona arqueológica de Tlatelolco se observa ya imponente desde el puente peatonal. A un lado de los vestigios del imperio de Cuauhtémoc habita orgulloso el Centro Cultural Universitario, en los ventanales cuadriculados que adornan este recinto se encuentran plasmados acercamientos de rostros de la Colección Andrés Blaisten como los que hay en la obra de Fernando Castillo, por ejemplo. También incluyen acercamientos de fotos de los estudiantes del movimiento de 1968. Me dirijo a la extrema izquierda y paseo por la orilla de la zona arqueológica. Algunos jóvenes que yo presumo son estudiantes o egresados de la licenciatura de arqueología están en una de las pirámides más altas trabajando en una excavación. Sigo mi camino rodeando la zona arqueológica y llego a la parte trasera donde una enorme pared frontal del Centro Cultural Universitario es utilizada por dos jóvenes sin playera para jugar una especie de squash callejero donde en vez de raquetas usan sus puños bien cerrados. Sigo rodeando la zona arqueológica, más adelante la secretaria de relaciones exteriores y a un lado la iglesia donde en sus oscuros rincones se refugian parejas de enamorados.
Llego al monolito que está a un lado de los vestigios prehispánicos donde dice: “El 13 de agosto de 1921 heroicamente defendido por Cuauhtémoc cayó Tlatelolco en poder de Hernán Cortéz. No fue triunfo ni derrota, fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”.
Estación, primera masacre. He llegado. Paso una contemplación por las ruinas y me detengo un rato. Estoy a punto de llegar a la Plaza de las tres culturas. Cuando estoy en medio de la plaza me dirijo a la estela que se yergue en el extremo derecho. Este monolito se levantó en 1993, tiene unos 20 nombres – de los oficiales – caídos el dos de octubre y al final un fragmento de Memorial de Tlatelolco de Rosario Castellanos. ¿Quién? ¿Quiénes? Se pregunta la poeta y así todo un pueblo que la sostiene atrás.
Los edificios en que miles de testigos oyeron y vieron la segunda masacre – esta hecha ya no por invasores extranjeros sino por propios mexicanos en el gobierno represor – siguen imponentes como los testigos mudos en que se han convertido.
Sigo caminando por la derecha y llego al Jardín de Santiago. Sus jardines y bancas de laberintos verdes y grises hacen del descanso una nueva contemplación. Una indigente, quizás, con alguna enfermedad, se encuentra sentada en una de las bancas. Guarda trapos viejos en una de las decenas de bolsas que están amarradas en un diablito. Tiene paños doblados en la cabeza. Es de edad avanzada. Entona una canción que al parecer inventa en momentos, la música y el tono son originales de los cantos a la Guadalupana, la Guadalupana, la Guadalupana bajó al Tepeyac. Su versión es: Yo me moriré, yo me moriré para siempre en ti o Yo no tengo a nadie, yo no tengo a nadie a quien llorar.
Todavia retumban los versos de Castellanos en la plaza de las tres culturas y la señora del jardín de santiago canta que no tiene a nadie a quien llorar, han pasado cuarenta años de la segunda matanza en Tlatelolco, chispa que produjo el México de hoy y todavia no hay tumbas para que los hijos y familiares de los desaparecidos tengan donde ir a llorar.
Regreso a la plaza y varios jóvenes de la UNAM levantan tres copias idénticas – sólo que en fibra de vidrio – del monolito donde estan algunos de los nombres de los caídos el dos de octubre junto con el fragmento del poema de Rosario Castellanos. Los preparativos para recordar las cuatro décadas de una de las páginas más vergonzozas del México moderno está a la vista. Los encargados de levantar los clones dicen que estarán separados por 8.33 metros cada uno. Así los dejo a unos días de que la bandera a media asta sea izada una vez más en la Plaza de las tres culturas.
2 comentarios:
Dejo la dir de mi blog, donde sólo tengo avisos jaja.
Un saludo y si tienes algún evento que anunciar, ahí lo pasas.
Un saludo desde Puebla
Granda
e-granda.blogspot.com
es interesante la visión de la gente de fuera, los chilangos la vemos tan seguido que le hemos perdido mucho el sentido
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