lunes, 1 de septiembre de 2008

LOS IMPOSTORES



Al mismo tiempo, en diferentes lugares y sólo con dos horas de diferencia, un par de embusteros ingresan a escena. En Nueva York, Estados Unidos, un falso Mick Jagger hace su aparición en el bar Espirit, es el notorio barrio Chelsea.
En Villahermosa, Tabasco, México, un doble de Chico Che se introduce al congal El Tamarindo, es la popular colonia Tamulté de Las Barrancas.
El imitador de Jagger, con algo más de peso y unos años menos, es recibido por la gente del bar y le dan trato de VIP. El aparente Chico Che, con menos panza y más años encima que el original es recibido con chiflidos por parte de los parroquianos y besos tiernos de las bailarinas del tugurio.
Es sábado por la noche y la falsa Satánica Majestad comenta a la gente que se le acerca incrédula que ha viajado en su jet privado a Nueva York desde Ohio tras ofrecer un concierto. El apócrifo Chico Che comenta a sus amigas del tubo que ha llegado desde Cárdenas en su combi donde lo solicitaron para amenizar una boda.
El club colma de atenciones al ficticio líder de los Rolling Stones, que incluye bebidas gratis y un guardaespaldas. El regente del Tamarindo le manda una cerveza al fingido vocalista de La Crisis y un mensaje que lleva la mesera que dice: “Entras en cinco minutos”.
El impostor de Jagger también tiene una gran boca, lleva la clásica melena en capas, con un tinte castaño, pantalones negros ajustados y un saco azul fuerte. El que se hace pasar por Chico Che lleva el clásico overol azul, playera amarilla, lentes tipo Rayban, larga cabellera negra y en capas.
El Mick de a mentiras se divierte en el club, admiradoras lo rodean y nadie duda de que están junto al original líder de una de las bandas más importantes del planeta. La ilusión del hombre del overol se encuentra con la bailarina que más lo quiere, todos ahí saben que ése no es el verdadero vocalista de uno de los conjuntos musicales más importantes del país; todos saben que Chico Che hace tiempo hizo el viaje que todos haremos algún día de estos.
El falso Mick le dice al guardaespaldas que se siente agobiado por la gente, las cámaras y necesita irse. El doble de Francisco Hernández Mandujano le jura a su bailarina favorita que ella es la única mujer en su vida y que es hora de subir a escena.Antes de marcharse, el impostor de Jagger se encierra diez minutos en el baño de mujeres con tres admiradoras. Antes de subir al cadalso donde amenizará la próxima hora a los comensales del Tamarindo, el apócrifo Chico Che se encierra unos minutos en el camerino con la bailarina de su vida.
Demasiado tarde, empleados del club Espirit se dan cuenta de que han servido por una hora tragos gratis a un impostor tras ver una fotografía en una revista y comprobar que el cliente distinguido al que acaban de atender es más joven y más gordo que el vocalista de los Rolling Stones.
Demasiado temprano acaba la participación del clon de Chico Che. El regente del Tamarindo le dice: “No tienes la voz ni el ángel del original, mejor vuelve a tu combi y dedícate a trabajar en el transporte público, lo que sabes hacer bien.”
Los guardias del club Espirit salen a la calle con la esperanza de encontrar al embustero. Las calles del barrio Chelsea están llenas de turistas y de la comunidad gay que han hecho del suburbio su hogar. Ni una señal del impostor.
El imitador del líder de La Crisis espera a su chica a que haga su número en la pista. Cuando ella baja espera a que se cambie y los dos salen de la mano hacia la combi. Ella le dice que no se desanime, ya habrá otro lugar donde pueda rendir tributo a su ídolo. Él piensa en trabajar el lunes, con su combi en la ruta de “Vía Méndez”; no faltará algún pasajero que le diga: “oiga, usted se parece a Chico Che…”

viernes, 1 de agosto de 2008

Habitación sin número



Es tierra de vacantes, situación en blanco. Una hormiga perdida pasa por la hoja. Es la mesa, la silla. Es la mano con que presionas el bolígrafo. Son los ojos dilatados. Hoja de nadie, tierra de todos. Es la ventana a donde se dirigen los ojos. El viento es un aliento lejano de alguien que ha contado una historia parecida a otra muy distante de oídos. La tarde y el calor. Festejo por la puesta de sol. Tarde de columpios retostados. Una gota de sudor resbala por la hoja. Hormiga mojada.
Un libro de Becerra, cenicero, cigarros sin filtros, cenizas sobre la mesa. Un cuerpo árido tratando de entregarse a la hoja. Es la mesa y la silla soportando los sudores de un hombre desnudo ante lápiz y papel.
Una pared. Una Ventana. La ratonera. Es el cubo de las desesperaciones. Es la mesa en el centro y sobre ella El Otoño Recorre las Islas.
Se hace la vida afuera. Sueños de caminantes, tumulto de embarcaciones que se observan en el horizonte nublado. Archivos de imágenes guardadas con celo en los teléfonos móviles y en las computadoras personales. Nostalgia del sol por las aceras que comienzan a entibiarse.
Voces tocan a la puerta. Un silencio y un miedo a ser descubierto. Días sin el ardiente tatuado en la cara. Los pasos allá afuera iluminan las calles. No es noche para la luna, es noche para los pasos.
De madrugada tampoco salen las palabras, hormigas que nunca se han vencido por salir del hormiguero antes que las demás. Mas la hoja en blanco reclama, no la haz picado con hormigas, mojaste a una con soledad pero no cuenta.
El piso blanco. Equipo de sonido. Discos regados. Clapton, King, Pecanins, Real de Catorce. Tentado ha olvidar todo y escuchar blues para aullar un poco a falta de hormigas. Eres tan fuerte como los solos de una guitarra blusera.
Es la espera, ante todo es eso, la espera. Vigilia e insomnio. No entiendes el por qué de la tardanza. De pronto es el alba. El surco del caminante. De un lado hacia el otro. No encuentra sitio. Es ante todo la duda que asalta y no dejará dormir hasta calmar la molestia.
Sigue el cuerpo desnudo ante la hoja. Madrugada seria. Espejo empañado. Catre de madera, sábanas vacías. Empiezan los primeros síntomas con la picazón en todo el cuerpo. Te olvidas del blues y sientes el bolígrafo en tu mano, la hoja llamándote. Todo el cuerpo es un hervidero de ronchas. Las ronchas mutan en hormigas, brotan del cuerpo y el enjambre se dirige a tu izquierda mano, la que escribe y sostiene la pluma. Es así, te abandonan. Hormigas pasan por tus ojos, por tu boca, bajan por los oídos y suben por las pantorrillas. Se riegan en la hoja en blanco y sabes de su fama de organizadas, se acomodan en sus respectivos lugares.
Hormigas donde se extrañaron las palabras. Palabras recargadas de hormigas negras. El lienzo blanco es el hormiguero perfecto para decir aquí estoy y no me he ido. La mano izquierda es un panal bien organizado de hormigas presurosas. Todas se han apelmazado en el brazo, haciendo largas filas. El tráfico imaginero en tu mano zurda. Viéndolo a cierta distancia parece que tienes un tatuaje hindú en la mano siniestra. Hindi han.
La velocidad con que liberas al enjambre hacia un destino blanco es curiosa, no sabes si agitas la mano para sacudir a las hormigas o al bolígrafo. Entre tanta gestación por fin escribes: Es tierra de vacantes, situación en blanco. Una hormiga perdida pasa por la hoja…

domingo, 6 de julio de 2008

Séptimo día para turistas




Es domingo en estas calles y la sombra me cobija por la izquierda. Es ahí donde la marisma de ideas empieza a maquilar otra historia; pero siento que ya la escribí. Se trata de una pareja con profundas heridas tratando de aniquilar de modo inapelable y, para siempre, al otro. ¿Y qué más? ¿Nada? Qué original.
El tema del canibalismo y sus retornos continuos me hace tirar todo al olvido. Comienzo a preguntarme:
- ¿Cuándo pasará un colectivo?
Mi respuesta llega minutos después, distingo en lontananza al vehículo acercarse lentamente. Una chica aparece detrás de un almendro y pide la parada; observo su filoso cuerpo de quinceañera y el titubeo al subir o no al minibús.
Un joven que ha llegado a la otra esquina le grita:
- ¡Si te vas, te va a ir peor!
Camino presuroso hacía la combi para no perder ni un detalle y alcanzo a escuchar a la quinceañera:
- Siempre no, gracias.
Me cruzo en su camino e intento capturar algún aroma: huele como a Pachulí. Me he subido al colectivo por la parte de adelante.
El joven la mira con intensidad desde la otra orilla. Ella se ha quedado inmóvil y la combi desfila en el espacio que han dejado en la calle desierta.
Los observo con morboso interés: primero a ella, después a él, ahora a ella; los dos siguen en sus esquinas y así los dejamos mientras el colectivo dobla y se pierden.
Al pagarle al chofer nos miramos el uno al otro, reímos.
- Le van a dar una madriza, ¡la pobre güera! - Dice el chofer y su voz es gruesa, implacable.
- ¿Usted creé?
- ¡Seguro! Ese chavo la trata de la chingada, ella trabajaba con el papá en la carnicería.
- ¡Ah! Una carnicería.
- Sí, del papá; pero te digo que ella andaba urgida, con decirte que
a un cuate le dijo que si quería se iba con él; pero el muy pendejo se puso a tomar el día de la huida y que se le va olvidando la güerita.
Las risas estallan en nuestras gargantas y en la primera parada suben unas señoras con morral en mano; ellas deben pensar que el chofer y yo somos viejos amigos.
- Tu cuate se perdió la aventura de su vida – continúo la conversación.
- ¿Verdad? Y eso era de llegar y vámonos, de balazo. Lo que hizo el
que le gritó ahora, pero éste es un cabrón, le pega, la trata mal... Lo que pasa ahora es que el chavo se aburrió, ya obtuvo lo que quería, – el chofer mira por el retrovisor a las señoras que están al fondo –.
- Se le va a ir.
- Se le va ir ¿Verdad? – La sonrisa del chofer es más reveladora cuando pregunta, sabe que eso es muy probable.
- No va faltar otro que venga a ofrecer sueños y estrellas de otro color.
El chofer me observa por el retrovisor y parece no comprender mi último comentario; fruncimos los ceños.
En la próxima parada nadie sube, nadie baja.
Olvidando al chofer, estas historias que salen a tomar el sol me persiguen, por más que intente escaparme siempre están aquí. Y no escribir otra vez sobre una relación tormentosa me molesta ¿Y si les edifico una muralla feliz? ¿Y si los mato de nuevo? Qué original.
- Selevair – murmura el chofer.

Una de las mujeres pide la parada pero las dos se apean. Hemos llegado al mercado y el bullicio de un domingo está a la orden con La Cumbia de la Serpiente y un merolico anuncia el último descubrimiento en Las Islas Canarias: Fosfobitacal, un elixir casi mágico.
Me despido de mi amigo el chofer y le deseo suerte. Estoy consiente de que mi destino no era el mercado pero también me percato que estoy persiguiendo a las sumisas mujeres de morrales multicolor.
Se me ha ocurrido una especie de lesbiario y ellas son perfectas, discretas, la primera pareja de una serie de diez. Son dos solteronas que viven juntas y tienen un pasado que desean olvidar; ambas sufrieron con hombres posesivos y escaparon de los abusos y golpes; se encontraron por vez primera en una lonchería de la frontera buscando a un pollero que dicen, desayunaba habitualmente en ese lugar. Todo eso lo contaran ellas en la cama, desnudas, a sus cincuenta y cinco años; ya viven de nuevo en su México de mil máscaras y mojados acaudalados. ¿Cómo empezaría? Pues ahora las veo: están comprando legumbres: epazote, cilantro y perejil; quizá tengan una comida de aniversario...



sábado, 21 de junio de 2008

"No es mi tierra, es mi agua". Pellicer retorna



En este esfuerzo de algunos de los jóvenes creadores en Tabasco llega este Primer Festival de Creadores “Tierra de Vacantes” del 24 al 27 de junio en el marco del cumpleaños de la antigua San Juan Bautista, hoy Villahermosa, Tabasco.


Para cerrar este festival estaremos el viernes 27 de junio en el Centro Cultural Villahermosa en punto de las siete de la noche con el espectáculo multimedia: “Pellicer, Estación Abierta, Retorno”. Una propuesta que mezcla la música, la poesía y las artes visuales. Sobre todo es una provocación, es promover la lectura y muy en especial la lectura de la obra de Carlos Pellicer, una forma de acercarlo a la banda para que no se vayan con el “viaje” de que Pellicer era sólo un tipo calvo que hablaba de la fauna y flora de nuestro estado. Es mucho más que eso.
Por ahí nos vemos.

jueves, 5 de junio de 2008

Carretera Cuernavaca



Dame 20 minutos,
estaré listo con todos mis vicios
que no son más que palabras en el aire,
viaje de cacofonías inconcientes.
Pasa por mí en el auto de mamá.
Sigo en la misma taberna,
esa que te da asco desde la esquina,
donde estacionas la nave de la suegra.
Pasa por mí en 20 minutos
y platicaremos de ti, tu tema favorito.
Coquetearemos como siempre lo hemos hecho,
me restregarás en cara que eres mucho más joven que yo
y al final acabarás cerca de esta piel desarmada,
de esta neblina en el periférico,
de este murmullo de sal y brazos flácidos,
de este sin rumbo que soy.
A veces creo que la única novedad
que me darás cuando realmente me des algo,
no será tu ego fiel al ser licenciada rimbombante
o cuando digas que tienes un auto propio.
Será cuando desaparezcas
y no sepa más de ti.

Pedro Luis

martes, 20 de mayo de 2008

Una cerveza de nombre Achirica


Pedro Luis


Llevo a Cherna al Submarino porque dice no acordarse de haber entrado alguna vez. También porque él se encuentra de picher y yo de cacher. Ha lanzado en La Loma las medio muertas; con este calorón – dice él- no se mantienen frías por mucho tiempo.
Nos corren de la primera estación y llego al Sub con intención de ser una especie de guía interpretativo y platicarle a Cherna del mural “Heredarás el Submarino” de Gutemberg Rivero, obra que le da vida a uno de los locales de la alegría más veteranos de Villahermosa. Presumo que conocí al artista y una vez tuve el descaro de pedirle una colaboración para un proyecto… Pero te estas proyectando mucho me dice Cherna. Tiene razón, así que bajo de mi proyección y sigo con el mural, hablo de los personajes que han vivido y bebido en este lugar y ahora se encuentran inmortalizados en el mural de la pared izquierda, algunos viven todavía.
Sin embargo Cherna no me escucha, me interrumpe para caer en sus demonios de plástico. Necesita sacarlo y me cuenta de su pleito con la Comisión Federal de Electricidad; ellos lo están matando poco a poco de calor. No ha podido instalar un mini split que compró desde noviembre porque su medidor es de 110 y necesita uno de 220. Ésta es la hora que la Comisión no se lo cambia. Para aprovechar el bulto, el mini split, empaquetado y en su caja, fue utilizado por la señora madre de Cherna para instalar el tradicional nacimiento en diciembre pasado. Ha llegado mayo y sus calores, Cherna desespera, suda a mares, grita y patalea porque su cuarto sigue caliente.
Para salvar la plática que va de caída llega Rogelio religiosamente después de media noche. Pedimos otro vaso y le invitamos de nuestro abrevadero que igual suda en el centro de la mesa. Unos brindis y un nuevo berrinche del Cherna, ladra una vez más, se percata que no venden la marca de cerveza que a él le gusta. Rogelio aprovecha un caluroso silencio y nos muestra unos dibujos en los que trabaja. En unas hojas de papel bond que por lo visto fueron arrancadas de una libreta muy golpeada se encuentran unos desnudos eróticos, una pareja en su retozar después o durante el encuentro amoroso, una sábana a cuadros se repite en toda la serie y una armónica juega en las posiciones de la pareja, es un guiño del autor que gusta de blues en las esquinas e instrumentos de viento. Mientras observo hoja por hoja voy buscando donde anda la armónica, ¿estará en el suelo mientras la pareja juega? ¿La habrá colocado en la mano de él, en la de ella? Las últimas hojas de la serie sólo tienen a la pareja en posiciones sexuales; no sé si es apenas un boceto o el autor intenta que al final del juego de seducción aparezca solamente el “fin del secreto”, “la muerte chiquita”, que sólo importe los cuerpos, el vuelo final donde ya no importan armónicas, sábanas a cuadros, almohadas o catre. Sólo los cuerpos y el vacío.
En otro de esos silencios, Rogelio aprovecha una vez más y saca a relucir La Última Cena del maestro Gut. Cherna como no ve bien y no escucha lo que le dicen cuando está encabritado no le interesa la platica. La Última Cena de Gutemberg Rivero que, como el mural, puede ser apreciada en el mítico restaurante bar El Submarino, se trata de una última cena que acaba en parranda. Se puede ver a los discípulos agarrando el pedo y como típicos borrachos mexicanos, abrazados unos de otros, se van a seguir la peda a otra parte. En la mesa quedan botellas de vino y de cerveza mexicana. Al fondo en un cerro, se ve a su maestro en oración y a la espera de su destino. Sus discípulos se han emborrachado e intentan calmar sus penas con más vino y cerveza, quizás van a un lugar como El Submarino. Rogelio platica de todo esto y concluye que es una obra chingona. Estamos de acuerdo que sería interesante abordar ese tema de las últimas cenas que artistas en diferentes épocas y lugares han creado, de Leonardo a Dalí, de Gutemberg Rivero a David LaChapelle. La conversación olvida a la caguama que se calienta en medio de la mesa. Al probarla de nuevo, Cherna ya no está con nosotros, ha huido buscando nuevos refugios donde ladrar. Rogelio dice que la cerveza sabe horrible caliente, tiene razón; pienso en los admirados grecorromanos, cómo se atrevieron a beberla así. Supongo que nunca vivieron con cuarenta grados a la sombra. Rogelio y yo nos despedimos afuera del submarino, media hora antes de que cierren la escotilla.